domingo, 20 de junio de 2004

Fragmento


a mariano

Domingo 20 de junio> viva la patria y el lunes domingo por venir

Y bueno, acá estamos con otro domingo domingo que se va, entre listados musicales, lluvias y truenos en el momento único y justo en que suena una melodía hindú en el radiotransmisor portátil que acaricia con sones electrónicos orientales. Mr. Deleuze con Mariano por detrás o por delante (no se) me dice, que digo: ese trueno en ese momento es materia irrepetible de este universo en constante expansión de cada pestañar de ojos. No se muy bien que querrá decir, pero no importa. El aquí y ahora de los repetitivos y teatrales domingos deviene distinto y singular, representación constante de algo que se espera cinco rutinarios días de aplomo de servicio a la reproducción del estado como forma de contención universal de las personas, con sus leyes y dinámicas y expresión de las contradictorias formas sociales e intereses que contiene, bueno y malo, todo junto con seres sociales y asociales críticos y acríticos sustentándose de él.

Reproducción sin fin de domingos distintos y únicos, ensayo semanal de ser responsable para dejar aflorar el niño y el juego en cada domingo, el anterior, el precedente, hasta el retorno al domingo por venir de resaca de casamiento de hermano totalmente singular.

Hasta el próximo domingo.

domingo, 30 de mayo de 2004

bue buenos aires urbano electrónico

Poco a poco voy abandonando la gran ciudad. Su inabarcable geografía de moles gigantes y arquitecturas disímiles de tiempo, aún no terminan. Camino con miles de pensamientos al mismo tiempo que no logro asir, sólo pasan, se juntan, giran, se chocan. Mientras, una música resuena en mi cabeza, conjunción de las melodías de la jornada que precedió mi despertar en el living de Cuca y Sole.

Mi mirada escruta los rostros en el tren, gente adornando los vagones en sus caras de nada alienante, muertos vivos en esa ciudad que destella una pirámide social inclemente.

He vuelto. Estoy en mi teclado dos días después, sumergido en este día gris consumiéndose en rutinas húmedas que esperan agazapadas en la neblina. O, quizás este esperando el tren, que me dejará en el bondi responsable de devolverme a mi hábitat. Esta oscuro, ya es de noche, a 100 metros alguien también espera. Una sensación extraña me consume, otra dimensión paralela por la que transito, me digo. Miro por la ventanilla del tren, la ciudad pasa, los edificios, las plazas, un hipódromo, un recuerdo vago del día anterior: esperamos en la cola, estamos ansiosos. Antes había llegado a la casa de Cuca y Sole, brindábamos un buen vino con los presentes y salíamos.

Un subte de sábado por la tarde nos arrojaba en la última estación de la línea B. Felices, caminamos hasta el predio y por los alrededores hasta hallar la cola, esperamos.

La espera no es larga, somos de los primeros. Los patovicas nos palpan, nos hacen dejar la botella de agua (12 horas más tarde la recuperaremos a la salida). Entramos, todo está empezando, son las 16:20. El día posee una luminosidad mortecina, poco a poco mutará con los diferentes artilugios musicales de cada carpa. La memoria recuerda el principio, luego no habrá linealidad. Un conglomerado borroso de meras yuxtaposiciones temporales se irá conjugando a partir de detalles sensitivos.

Vemos una banda que le cayo en desgracia abrir el escenario exterior en la cancha de rugby. La escuchamos pero la atmósfera aún no es. Caminamos a otra tienda, el mundo gancia nos invade con sofisticaciones. Celulares se llenan de mensajes, fotos y llamadas para encontrarse o comentar lo que se esta por vivir. Mientras, en otra carpa, la destinada a la marginación se me ocurre, una banda de rap ausente en el programa canta contra el evento, el sistema y los plomos que amenazan cortarle el sonido si no paran. A la banda le falta, pero nos mueve por primera vez y la jornada empieza a tomar color, se van y nosotros también. Una duda se consume con un negro, ¿como habrán hecho estos chabones para tocar en semejante mega evento y burlar la organización? ¿Será un artilugio más para dejar conformes a inocentes rebeldes como el que escribe?, no se. Todo gira en un dancing desahuciado, fluye en un giro gravitatorio alrededor de carpas y escenario. Empezamos a llegar al final de todas las bandas, pero son buenos finales y no nos importa. La música nos invade por todas partes, giramos, nos reímos. La noche ya es, se tangibliliza. Un rato antes, cuando el día aún hacía fuerza por no caer en un cenit oeste de naranja y rosa, reposábamos en las blancas colchonetas de la isla.

Mientras camino contemplo al evento. El exponente más alto del capitalismo a nivel cultural. El consumismo a la enésima potencia de estos pibes de clase media para arriba con sus cámaras digitales y celulares no dejándolos percibir la música. Cuca me habla, me dice algo similar que no logro recordar. Juan hace lo propio pero en un tono más sarcástico. Pienso que estas fiestas en Europa, su lugar de origen deben ser diferentes. Acá tiene el sabor de lo que viene y es apropiado por las elites culturales(1), en cambio en Europa pagar 20 euros por una fiesta es algo más accesible. Pero aquí los niños patricios se florean entre la multitud que utilizo mil estratagemas para poder acceder, tres pagos con tarjeta de crédito prestada, mangazo a compañeros de laburo para el cash, amigos bancando el combo a consumir, novia con el pasaje. Formas comunes de sobrevivir de la media empobrecida que no se resigna sólo a respirar. Pero los pensamientos que van a velocidades descomunales de repente nos frenan. Son las 19:45, vamos al centro del mundo, la isla. Cerati tocará pronto y se va a llenar, llegamos y al rato la gente desborda la carpa del acartonado mundo gancia, la seguridad con su exceso de pastillas está nerviosa. Una turba quedo afuera, algo puede pasar. Me voy a sentar a un costado sobre la carpa, el cuerpo pide un descanso, un intermedio entre tanto baile. Me siento, de pronto la carpa se mueve del otro lado, me corro a una columna y la turba invade. Hace un rato decíamos de mirar en formato film y ahí me regocijo con la mejor toma: brazos levantan la lona, pasan pies, uno, dos, una multitud de piernas. Extremaduras de cuerpos listos para un nuevo baile. La seguridad aumenta, me paro, no vaya a ser que me saquen. A lo lejos diviso a Juan, Matías, Cuca y Sole. Pero quiero quedarme, me siento incomodo con el cuerpo (debió ser el viaje sentado en cualquier lado con mi chica comentabamos el lunes por la noche). El cuerpo poco a poco se asienta, se amigan los huesos con vértebras y músculos. Cuca me divisa, me llama, voy, me hace un comentario sobre “la turba” tan nuestra. Llega Cerati, toca un malambo electrónico que haría saltar a más de un gaucho. Cerati es un grande pero son las 21 y Juan propone ir al escenario exterior es hora de ver a Rinoceronce y Massive Attack. El primero nos mueve hasta terminar, me vuelvo a sentar, miro, pasan Cerati, Débora del Corral, marcianos, borrachos y desmayados llevados por alguien. La noche tiene luna como al principio tuvo un atardecer de nubes incandescentemente naranjas de sol que muere. Me traen comida, una hamburguesa de lagarto común. No hablamos mucho, no es necesario, que podemos decir, nada, absolutamente nada, bailamos, bailamos y viene un ataque masivo de música de un conjunto que a cada canción cambia los artistas, uno saluda a Maradona y habla contra la guerra, otros saludan emocionados de ser recibidos multitudinariamente en ese inhóspito lugar que alguna vez escucharon, por una guerra de un dictador sudamericano contra una isla de ciudadanos de segunda de la Corona y la Tatcher.

Me hubiese gustado cantar algo como es nuestra costumbre pero me amoldo y sólo aplaudo, grito y bailo, lástima no se llevaron algo característico de nuestros recitales.

Vuelvo, miro por la ventana del colectivo por el que la ciudad me exhala, una autopista la corta, duermo.

El caserío de mi aldea me despierta. En la cena charlaré sobre regionalización con el padre de mi chica, del monstruo que es Buenos Aires. Pero en mi cabeza sólo suena algo en algún lugar del que todavía no vuelvo.



(1) Llamo elites culturales a esos sectores que tienen el poder adquisitivo necesario para consumir cultura. Cuando me refiero a elite no tiene relación con vanguardia ya que si bien en algún punto haya conjunción, las vanguardias culturales pueden aflorar desde lo popular y desde submundos de alcantarillas.

martes, 25 de mayo de 2004

Caracterización de días domingo


Para empezar no todos los domingos son domingos, aunque el resto de los días pueden llegar a convertirse en domingo. Como este que es un martes domingo por ejemplo. ¿Por qué?, fácil, estas en tu casa, con cierto grado de soledad que te aplasta o no, según el estado anímico para sobrellevarla. La cuestión es que, para que un día se convierta en domingo se necesita no ir a trabajar, que cada hora que pasa sea una hora más de ocio (productivo o no) y una menos para llegar al despertador sonando bien temprano al otro día. Indicativo indiscutible del fin absoluto, espejo de las cenizas de un día domingo.
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Escrito un feriado de 25 de mayo de 2004.

domingo, 16 de mayo de 2004

Oda al domingo o algo así

La cortina se agitan de viento húmedo
los colgantes giran y hacen ruido
la atmósfera se condensa
como si fuera a pasar algo
si quizás llueva
seguramente lo hará
sincrónicamente lo hará
entonces este marco de gris domingo
aplastante
es un sosiego a los cuerpos
y una fiesta a los sentidos
imágenes mentales que repasan jornadas precedentes
mezclándolas con sueños, anhelos, etcéteras
un vendaval se esta por venir
mejor cerrar ventanas
mejor dejar de exteriorizar
para seguir en este preciado viaje interior
siempre tan postergado
tan ausente
como tan ausentes son estos domingos perfectos
tan grisáceos
tan plenos de ausencias
tan llenos de mí
tan aplastantemente mío
tan necesario para mañana decir lunes.

El cuadro domingo domingo


El cuadro domingo domingo reposa mirando el living y nosotros estamos en el living mirando el cuadro. El hombre del cuadro nos mira, nos miramos con la nada del domingo domingo, no nos decimos nada, sólo nos miramos. Permanecemos horas contemplándonos comtemplativamente. Antes no estaba, pero lo sentíamos, estaba allí, oculto en el cuarto, sabía que el domingo no es el comienzo, sino el final, aletargado y mañoso. Bien del día gris, o quizás soleado de nada, de ocio, esperado y arisco, seis días esperándolo y las convenciones dicen que es el primero, no macana, viejo, me engrupis como a un otario, es el fin de una semana, a veces de mierda, a veces esperada y consagrada. A las primeras los domingos son de aplomo, de ir de la cama al living sin saber que hacer, maldiciendo, enroscados en pensamientos vanos y sin sentido. Las otras, las de semanas consagradas, le haces un culto, le lees, le ensayas, le hablas, lo limpias, le mostras pelis, le escribís, le convidas un tinto por la madrugada, lo besas, acaricias, le cebas mates, le dan la mano con las que harán artesanías, o muebles, lo respiras, le rogas no metamorfosearse en lunes, ese vil que lo antecede, malditos lunes nada esperamos de ustedes, rutinarios, espeluznantes a veces, suaves otros, unos pocos.

Eso es el cuadro, eso somos nosotros, los observados por ese hombre nada de domingo que es relojeado por nosotros los intrascendentes de domingos domingos.

miércoles, 10 de marzo de 2004

Recupero de plusvalía

La luna está llena y a tiro del techo. Sobre el balcón hay una losa de cemento que sostiene el tanque de agua. Saco la escalera del cuarto de B y la poso sobre el descanso que termina en este departamento. Subo. La losa mira al este. La salida de la luna es perfecta. Algunos vecinos pasan abajo; sobre la tierra, pero estoy demasiado alto para interesarme por eso. La luna llena alumbra de azul. Las letras azules (del libro) no se ven en este acantilado de cemento. Lástima la ausencia de olas, sólo autos. Góndolas veloces en esta ciudad que respira humedad y a cada palpitación arroja una gota de sudor por la frente y las axilas. Ellas se deslizan hasta ser atrapadas por una mano que las seca en el pantalón.
Llegan V, luego P, los invito a mi cornisa. P viene mal, oprimido, exprimido, cansado de la explotación de la maratón de ser el bachero de fiestas bien de la clase media alta. De ser el exprimido de tipos cocainómanos que prestan plata durante la semana y organizan fiestas explotando pibes que tienen que llegar a pagar el alquiler o la pensión.
P nos cuenta su última jornada. Lo imagino (mientras descarga) escuchar los sermones en su minuto de gloria del cocainómano usurero. “Triunfen como yo”, nos cuenta que les dice duro y feliz de su “triunfo”, triunfo con olor a tipos desesperados porque no pueden comprar un televisor o electrodomésticos a su familia y sacan un crédito personal para poder hacer que su hijo pertenezca a la sociedad. Esa noche un compañero cuarentón le propuso, relojeando para no ser visto, achicar la plusvalía. Así, un Barón B fue descorchado por los exprimidos .
Lo escucho y pienso como gira este mundo explotando a un amigo, un hermano. Me revienta no poder disfrutar con él de este abismo, esta luna y ese avión que pasa. Le doy un faso, le comento que C se fuma uno, cuando vuelve de las 10 horas de feria (si contamos el subte o los dos bondis), donde le ve la cara a toda esa gente sin vida. Los ve en el subte, en la calle. Para colmo, los turistas de los países imperialistas le regatean el precio de las artesanías, todo porque en sus fabulosas guías dice que en argentina las artesanías se regatean. —¡Y la concha tu madre!— se dice tranquilo el C para él. Mientras, le contesta con cara de nada al turista imperialista - los precios no se bajan porque son para financiar la causa palestina. El turista abre los ojos grandes y pega la vuelta, ahora indignado pero miedoso. Quizá piense en atentados sangrientos, que no son necesariamente lo que buscamos como revolución. Que no se equivoque ese israelí, o el visitante español de sus ex colonias, o el yankee gordo de la grasa que le mete mac donall´s en el mac combo desayuno, almuerzo, cena de comida artificial, transgénica y cancerígena. No, no se equivoquen, queremos (y acá hablo de mis compañeros, amigos, hermanos y yo) que el mundo explote por abajo, no por arriba como lo hacen explotar esos excéntricos petroleros entrenados por la CIA para generar la convulsión necesaria para seguir justificándose como potencia imperial.
Iremos lento, tomaremos un Barón B, robaremos en los supermercados colonialistas, en las editoriales o la feria del libro, llenaremos un hélix con un rotella y lo venderemos a 10 cuando vale 6. Entonces, ese domingo de embole de 16 horas perdidas en una estación de servicios se justificará por la plusvalía recuperada. Le tomaremos la caña de durazno al dueño del vivero y le robaremos césped dichondra para poner en el patio de la abuela. Nos pasaremos los rolitos por las bolas en una navidad de 24 horas sacando bolsas de 15 kilos de hielo de la planta refrigeradora para volcarlos sobre una tolva y fraccionarlos en bolsitas de 4 kilos que pesan tres, haciendo bolsas de más para venderlas y no asentarlas porque no existen y si no existen son nuestras. Dejamos acá porque la casa se empieza a llenar de cumpas y amigos entrañables que vienen a conmemorar el natalicio 30 del más romántico y caballero Wilde que el siglo XXI osó en tener (al menos en sus inicios). Hasta nuevo contacto. Cambio y fuera.

martes, 2 de marzo de 2004

Pogo


Como cuesta armar un foul
Patricio Rey y sus redonditos de ricota

Hay cosas que no se dicen se insinúan, palabras que se exhalan y en su entonación prefiguran otro significado, entonces pogo. Sí pogo. El diccionario nada nos dice de esa palabra, sólo la experiencia de los cuerpos bañados en sudor aprisionados en una marea humana atraída por ese polo magnético de salto, de danza, de aguante, que vaya uno a saber donde nos va a arrojar, ese es el único registro posible para abordarlo.

El lugar de a poco se empieza a llenar. El estadio durante la tarde, con las bandas viajando en combis, bondis, autos, en tren, a dedo. Por la ruta pasan los grupos con sus banderas colgando, el ortiva del chofer no nos deja poner los cassettes de la banda, 800 kms, esperando sin escucharlos sólo repasando las canciones mentalmente. Pero se llega, siempre se llega. Gente de todos lados, chabones, flacos, chaboncitas, todos para sacudir los cuerpos en ese objetivo común de goce, de perderse nutriendo ese cuerpo colectivo, único de potencia, de planetas, de cosmos gravitatorio.

También esta el lugar antro de esa banda que hace mucho querías ver y escuchar pero recién ahora se presenta en tu ciudad en ese lugar, ese teatro o también aquella, que toca en momentos convulsivos de determinadas coyunturas político sociales. A esas llegan pocos, esos que ves en las marchas y algunos más. No importa a todas le haces un culto, una ritualidad de canciones y pogos.

Las manos nos dan cuenta de la opresión, las pelotas dicen de la alienación, divididos nos cuentan sobre las casitas inundadas, los redondos llaman a su último recital (2001) en medio de piquetes con la consigna de hacer una nueva revolución francesa pero claro ellos no pueden darnos más que un par de promesas, sólo ticks de la revolución, un par de sienes ardientes tan sólo eso, el resto queda para nosotros, ellos hacen el himno y nosotros tiramos piedras en diciembre y nos indignamos ante la muerte, pateamos un gas lacrimógeno que da justito en la formación de la cana. Empiezan las piedras, tomen hijos de puta, un cuarto de ladrillo da en las sirenas del carro, se rompen, explotan. Todo un símbolo y seguimos, ya todo se mezcla con el gas no sabes si estas en un recital de colado o en un marcha desbandada. No importa la música pega todo.

Pero todo se termina en ese tema medio sampleado de las bandas que haría carajear a más de un ortodoxo del rock, suena bajo, suave, recién volvés y no me ves y la aplanadora del rock aplana en un acústico, insólito, quise estar contra todos, pero tanto anteojo hace de esto sólo eso que no puede explicarse. Che de cafetín.

Llega el momento esperado por horas. Un calentamiento del ambiente preanuncia lo que viene. Las hinchadas hacen su juramento a la banda. La masa cantando que la banda es un sentimiento no se explica, se lleva bien adentro, que soy charly / redondo /las pelotas / divididos / las manos hasta que me muera. Los plomos se corren. El telón, en el caso de los teatros se corre. La banda sale, empieza con un rock and roll furioso. Enloquecemos, nos desquiciamos y vamos al centro, a girar, gravitar, explotar con ese tema y los otros. Enjambre dislocado, sismo enfurecido. Perderse en un objetivo común de goce. Los fragmentos se diseminan y se juntan.

Mucha tropa riendo en las calles (...) nuestro amo juega al esclavo en esta tierra que es una herida que se abre todos los días a pura muerte a todo gramo Violencia es mentir nos dicen, con sus formidables guerreros en jeep los titanes del orden viril que se mueran y juramos que si hace falta hundir la nariz en el plato lo vamos a hacer por los tipos que huelen a tigres tan soberbios y despiadados, muéranse abominables formas reptantes.

El pogo es en ese recital de charly de 120 000 personas o el más grande del mundo un domingo de 2000 en este film velado en blanca noche, bailando Ji – ji – ji, una noche de cristal que se hace añicos, que nos hacemos añicos. Esos chicos, nosotros, somos como bombas pequeñitas, explotamos. Todo termina en ese tema. Ahora vendrá encontrar los amigos perdidos en la gravitación dislocada y nos vamos, transpirados, hechos sopa, con un aullido en los oídos, como cuando te duele la pija de tanto coger.

martes, 20 de enero de 2004

Lago Puelo: tardecita a sus orillas

Las desventuras de esta carcaza no hacen mella en nuestra tozuda forma de encarar penurias y avatares. Afrontamos este viaje con coraje, el necesario para perdernos constantemente, casi a propósito, para hacer las cosas más intensas (suponemos). Si un camino es fácil, tomamos otro, el que no existe, nos apropiamos de la natura. Mejor dicho, ella se apropia de nosotros, nos hace, nos mimetiza y somos ella. Una fusión animal nos invade, cuerpo único en potencia entre matorrales, montañas, zorros, rocas, hielo, tierra arenosa, truchas y demás enumeraciones que carecen de sentido en esta mañana alargada de resaca de noche alcohólica que nos fue desgajando poco a poco hasta vencer nuestro equilibrio. Todos los componentes orgánicos de esta unidad denominada cuerpo se nos caen, se hacen trizas en la tierra, sólo nos queda el sabor de la cena, los bifes y el malbec inundando estos pedazos desparramados por el piso. Y así, en un acto de extrañisima lucidez, juntamos nuestros pedazos, al menos los más grandes y nos tiramos a dormir. Mientras, el mundo todo gravita a mayor velocidad. Sentimos la fuerza descomunal de los engranajes que mueven este universo, sus tortugas, los elefantes, el coloso, todos esforzándose esta noche oscura para despavilarnos con un trabajo que debería ser anónimo, pero hay conexiones electrolíticas que nos transportan a verdades visibles y tangibles.

Y así, digamos, amacadados desproporcionadamente, nos dormimos. La débil frontera entre la vigilia y lo onírico se desfigura. Aunque para no faltar en algún sentido a la verdad, este viaje ha sido la incursión más onírica, la invasión de lo no racional sobre la certeza, la lógica y demás palabras expresantes de una de las partes más visible de lo que somos para los demás. En fin, como suelo finalizar un diálogo, una nueva comida, una alta comida nos espera y luego tortas fritas y antes chocolatada con pasteles y en el medio unos mates tremebundos. Pobre hígado, cuánto lo hacemos trabajar cuando estamos al pedo y reímos escuchando música, o leemos y Erdosain ya planea el asesinato de Barsut y así solventar la sociedad secreta, pero sobre todo darle un giro a una vida que aún no encuentra sentido. Se le acerca, lo vislumbra, lo roza pero sólo eso. Basta, este día nublado y gris, ventoso y monotono es genial, nos descansa y aploma. Que hoy trabaje el hígado.